10 de mayo de 2011

El Hobbit

     Anticipándome al acontecimiento cinematográfico del año, el estreno de El Hobbit de Peter Jackson versionando el libro de JRR Tolkien que precede a la saga del Señor de los Anillos, he desempolvado el libro y lo estoy leyendo. Rectifico, lo estoy atesorando en mi interior como Gollum a su “tesoro”, el anillo de poder.
     --¡Qué delicia volver a sumergirte en los sanos placeres de tu adolescencia!-- pensé al decidir volver a la lectura de El Hobbit. Pero abrí la primera hoja y vi la fecha de mi primera lectura, 1986. ¡Caramba! ya no era un adolescente. Leí aquel libro el año que me casé. Era joven, pero adolescente, como que no.    Pero la lectura del libro me está produciendo el mismo placer que cuando lo leí la primera vez.
     Abrir las páginas de Tolkien es como caminar por esa tierra Media donde encuentras lo más bello y honorable de ese mundo pero al mismo tiempo lo más vil y terrible. El bien y el mal, el eterno dilema del mundo. El mundo creado por Tolkien no deja de ser un reflejo del mundo real que a él le tocó vivir. Y para mí no deja de ser un reflejo real del mundo que me ha tocado vivir aquí y ahora.
     Hay quien pueda pensar que leer una novela fantástica, de mundos irreales y seres extraños es una forma de escapismo, una forma de huir por medio de la fantasía de tu realidad; una opinión respetable aunque difiera de ella.
El mundo que Tolkien ha creado no deja de ser un retrato de la realidad que me rodea. Cuanto más me adentro en esa tierra Media más descubro que los personajes que se cruzan en mi camino son el fiel reflejo de mi mundo actual. Me voy a permitir identificar algunos de esos personajes.
     Empecemos con los trolls. Unos gigantes con cabezas llena de serrín, que comen todo lo que se mueve y son tan simples que hasta en su maldad dan pena por lo necios que son. En la categoría de los trolls entran todos los que hacen de la maldad una forma de vida y usan su simpleza como excusa para sus actos. ¿Cuánta gente en este mundo se comportan como trolls?
        Luego están los trasgos. Estos son seres malvados que habitan en las profundidades de las montañas en oscuros y asquerosos pasadizos. Están organizados y su maldad no es fruto de la simpleza. Son deliberadamente malvados, sin piedad, sin afecto, sin miramiento ni contra su propia raza. ¿Cuánta gente despiadada hay habitando nuestro planeta? Estamos llenos de trasgos, y yo harto de ellos.
     ¿Hay algunos buenos? ¡Por supuesto que sí! Hablemos de los elfos. Unos seres fantásticos, nobles, divertidos, etc. El simple hecho de estar en su presencia te quita las penas, te reconforta y tu vida se llena de lo bueno y auténticamente loable. Y tengo que dar gracias a Dios porque tengo cerca de mi a elfos y elfas que realmente aportan a mi vida ese estado de bienestar y sosiego. Debo animarles y darles las gracias, por el bien que me hacen. ¡Ojalá yo puedo ser un elfo para alguien!
     Y por último quiero hablar del Hobbit. Un ser pequeño, extraño. El tamaño de su corazón es casi mayor que su cuerpo. Un ser con valores, donde la maldad no tiene cabida pero que de ninguna manera es simple o ingenuo. Es astuto y valiente, sin ser alocado y descuidado. Una criatura de la que jamás pensaríamos, a simple vista, que en su interior lleva un autentico héroe, pero es así como son los auténticos héroes. Gente corriente. Gente que pueden pasar inadvertidos, pero que cuando la situación lo requiere saben dar la talla y están muy por encima de la mayoría de nosotros. Así es el Hobbit. Y os puedo asegurar que a mis años, me he encontrado con más de un Hobbit en mi camino.
      Me queda por comentar el mago, Gandalf. Pero eso será en otra entrada. No se debe ser cansino en los blogs. Se trata de despertar una idea, moveros a la reflexión, no contaros un libro. Pero si alguno se atreve a leer a Tolkien, os aseguro que a mucha gente que se cruce en vuestro camino la veréis como las describe “el profesor” en sus libros.

Gracias a todos y que Dios os bendiga.

1 comentario:

  1. Totalmente deacuerdo. La historia que nos contó Tolkien es como hacer una foto a la vida. Después toca observarla y escribir lo que en ella vemos. Al trasnsponerlo a la vida del lector sólo le queda a éste observar y asignar nombres a aquellos personajes y situaciones personales.

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